Tratar de definir exactamente el perfil idiosincrásico del mexicano —o el del ciudadano de cualquier nacionalidad— ha sido intento recurrente de los pensadores más reconocidos en el campo de la Sociología, la Filosofía y la Literatura. En México están los casos de Samuel Ramos (El perfil del hombre y la cultura en México), Octavio Paz (El laberinto de la soledad y Posdata) y Roger Bartra (La jaula de la melancolía). Todos ellos intentaron definir —algunos en franco enfrentamiento, como Bartra y Paz— los rasgos distintivos del carácter y la personalidad nacional, con sus contradicciones, decadencias y fuerzas potenciales. Autores más recientes, como Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes, han intentado diversas vueltas de tuerca sobre el mismo asunto. Octavio Paz creyó develar a la soledad como el rasgo más arraigado en la idiosincrasia mexicana. Roger Bartra lo rechazó: era la melancolía, que posee un matiz cercano, pero diferente. Carlos Fuentes habló de un espíritu prehispánico que todavía late, bajo la aparente modernidad occidental que, según Octavio Paz, al fin nos hizo contemporáneos de todos los hombres. Monsiváis, por medio del humor y la ironía, desenmascara cotidianamente, a través del estudio de los excesos de la sociedad y la política, las zonas oscuras del mexicano, las que no aparecen en los discursos oficiales. Pero, ¿cuál es, al final, el perfil distintivo del mexicano? Obviamente si no han llegado al acuerdo autores tan adecuados para ello, yo menos. Pero sí creo que algunas ramas del arte mexicano dicen mucho del carácter nacional, consciente, pero sobre todo inconscientemente.
Hace un par de años se dio una polémica, cuando la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de México tuvo que escoger la película que representaría al país en la lucha por ganar el Oscar a la mejor película extranjera. La disputa se dio entre las películas Y tú mamá también y Perfume de violetas. La primera es una comedia. Inteligente, actual, ácida y atrevida, pero finalmente una comedia. La segunda sigue una tradición del cine nacional: la de las historias densas, surgidas en los barrios bajos y medios, y con desenlaces fatales. Es decir, una tragedia. Moderna, pero tragedia. La elegida fue Perfume de violetas, para el disgusto y reclamo de los hermanos Cuarón, escritores y directores de Y tu mamá también. Han pasado los años. Perfume de violetas no logró entrar a la terna (terna de cinco películas, pero la siguen llamando terna), mientras que Y tu mamá también logró postular a otro Oscar, quizá más importante: mejor guión original, y consiguió mayor reconocimiento y difusión internacional. Pero eso no importa, es un detalle accidental más en la larga carrera de pifias y aciertos de la academia hollywoodense, y del azar de los criterios internacionales. Lo que me interesó fue notar lo dicho en las primeras líneas de este artículo: la intuición de rasgos distintivos del cine mexicano, que algo deben reflejar del carácter nacional general.
En casi todas las encuestas sobre cine mexicano, los críticos colocan la película Los olvidados de Luis Buñuel en primero, segundo o, mínimo, tercer lugar como mejor película mexicana de la historia. Y se trata de una tragedia, con exactamente los mismos elementos ya citados, y que se volverían fórmula. No es que lo inventara Buñuel —una de las primeras películas sonoras en México, La mujer del puerto, responde perfectamente a la fórmula trágica, por ejemplo—, ni que sólo en México existieran las películas trágicas. La herencia trágica es antigua en las otras ramas del arte. No sólo grecolatina, sino incluso anterior, si se piensa en cantares orientales, leyendas, etc. Pero sí es distintivo del cine mexicano el número y la permanencia de la fórmula trágica. La calidad del tratamiento trágico puede ser profunda como en Los olvidados, o más recientemente Amores perros, o claramente melodramática como en Nosotros los pobres o María Candelaria. Lo significativo es que en el cine de otras nacionalidades la tragedia ha desaparecido o aparece poco, mientras que en México sigue siendo el género más valorado, el que más películas premiadas o reconocidas por los críticos ha creado.
Cundo me tocó ver Perfume de violetas, en DVD, porque no alcancé a verla en el cine, sentí que algo andaba mal. Había leído y oído muchos elogios sobre la película, de personas que respeto, de prestigio. Pero sentí que el desgaste de la fórmula trágica se había hecho presente, que el mismo espíritu de Los olvidados reaparecía, una vez más. Esperaba otra cosa, para ser francos. Esperaba que la exigencia mayor del arte, la originalidad, fuera central para los elogios que había oído. Y lo que vi fue la misma fórmula trágica, con un contexto ligeramente diferente, ahora con mujeres adolescentes, pero siguiendo el mismo esquema fundamental: historia densa, barrio bajo, desenlace fatal. ¿Es que el cine mexicano no encuentra otras formas, otros relatos, temas de género más diverso, otras propuestas? Sentí que el gran prestigio de Los olvidados pesa demasiado en los cineastas mexicanos. La originalidad de Amores perros, sustentada en la forma, la mezcla de historias, el ritmo, la sonorización y los recursos visuales, que la alejan de la clásica fórmula trágica y explican su gran nivel, aquí no aparecían. Era sólo tragedia clásica. ¿Por qué? Quizá porque también la crítica y los espectadores cargan con Los olvidados sobre los hombros, es lo considerado profundo, logrado, importante. Quizá porque eso es lo que explica que fuera la película seleccionada, y no Y tu mamá también, porque en México, productor de comediantes como Tin-Tán y Cantinflas, de fama mundial, las películas de éstos no cuentan para la crítica a la hora de hablar de cine trascendente, cine-arte. Y algo muy parecido, aunque con sus diferencias, pasa con la música, la literatura, la fotografía, el arte en México. Quizá porque es la tragedia el rasgo distintivo de los mexicanos, y no la soledad o la melancolía. Matices cercanos, pero diferentes. Quizá porque el verdadero rasgo nacional es el disfrute de la tragedia, más que la tragedia misma, lo que nos acercaría más a los rusos que a los franceses, y no al revés, como siempre se ha creído, sobre todo al hablar de arte. Y quizá Y tu mamá también triunfó en el extranjero y no Perfume de violetas, porque, al ser la tragedia o el disfrute de la tragedia lo que nos caracteriza, y no la soledad, no somos todavía contemporáneos de todos los hombres.