viernes, 24 de marzo de 2006

LA TRAGEDIA DE CARGAR LA TRAGEDIA

Tratar de definir exactamente el perfil idiosincrásico del mexicano —o el del ciudadano de cualquier nacionalidad— ha sido intento recurrente de los pensadores más reconocidos en el campo de la Sociología, la Filosofía y la Literatura. En México están los casos de Samuel Ramos (El perfil del hombre y la cultura en México), Octavio Paz (El laberinto de la soledad y Posdata) y Roger Bartra (La jaula de la melancolía). Todos ellos intentaron definir —algunos en franco enfrentamiento, como Bartra y Paz— los rasgos distintivos del carácter y la personalidad nacional, con sus contradicciones, decadencias y fuerzas potenciales. Autores más recientes, como Carlos Monsiváis y Carlos Fuentes, han intentado diversas vueltas de tuerca sobre el mismo asunto. Octavio Paz creyó develar a la soledad como el rasgo más arraigado en la idiosincrasia mexicana. Roger Bartra lo rechazó: era la melancolía, que posee un matiz cercano, pero diferente. Carlos Fuentes habló de un espíritu prehispánico que todavía late, bajo la aparente modernidad occidental que, según Octavio Paz, al fin nos hizo contemporáneos de todos los hombres. Monsiváis, por medio del humor y la ironía, desenmascara cotidianamente, a través del estudio de los excesos de la sociedad y la política, las zonas oscuras del mexicano, las que no aparecen en los discursos oficiales. Pero, ¿cuál es, al final, el perfil distintivo del mexicano? Obviamente si no han llegado al acuerdo autores tan adecuados para ello, yo menos. Pero sí creo que algunas ramas del arte mexicano dicen mucho del carácter nacional, consciente, pero sobre todo inconscientemente.
Hace un par de años se dio una polémica, cuando la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de México tuvo que escoger la película que representaría al país en la lucha por ganar el Oscar a la mejor película extranjera. La disputa se dio entre las películas Y tú mamá también y Perfume de violetas. La primera es una comedia. Inteligente, actual, ácida y atrevida, pero finalmente una comedia. La segunda sigue una tradición del cine nacional: la de las historias densas, surgidas en los barrios bajos y medios, y con desenlaces fatales. Es decir, una tragedia. Moderna, pero tragedia. La elegida fue Perfume de violetas, para el disgusto y reclamo de los hermanos Cuarón, escritores y directores de Y tu mamá también. Han pasado los años. Perfume de violetas no logró entrar a la terna (terna de cinco películas, pero la siguen llamando terna), mientras que Y tu mamá también logró postular a otro Oscar, quizá más importante: mejor guión original, y consiguió mayor reconocimiento y difusión internacional. Pero eso no importa, es un detalle accidental más en la larga carrera de pifias y aciertos de la academia hollywoodense, y del azar de los criterios internacionales. Lo que me interesó fue notar lo dicho en las primeras líneas de este artículo: la intuición de rasgos distintivos del cine mexicano, que algo deben reflejar del carácter nacional general.
En casi todas las encuestas sobre cine mexicano, los críticos colocan la película Los olvidados de Luis Buñuel en primero, segundo o, mínimo, tercer lugar como mejor película mexicana de la historia. Y se trata de una tragedia, con exactamente los mismos elementos ya citados, y que se volverían fórmula. No es que lo inventara Buñuel —una de las primeras películas sonoras en México, La mujer del puerto, responde perfectamente a la fórmula trágica, por ejemplo—, ni que sólo en México existieran las películas trágicas. La herencia trágica es antigua en las otras ramas del arte. No sólo grecolatina, sino incluso anterior, si se piensa en cantares orientales, leyendas, etc. Pero sí es distintivo del cine mexicano el número y la permanencia de la fórmula trágica. La calidad del tratamiento trágico puede ser profunda como en Los olvidados, o más recientemente Amores perros, o claramente melodramática como en Nosotros los pobres o María Candelaria. Lo significativo es que en el cine de otras nacionalidades la tragedia ha desaparecido o aparece poco, mientras que en México sigue siendo el género más valorado, el que más películas premiadas o reconocidas por los críticos ha creado.
Cundo me tocó ver Perfume de violetas, en DVD, porque no alcancé a verla en el cine, sentí que algo andaba mal. Había leído y oído muchos elogios sobre la película, de personas que respeto, de prestigio. Pero sentí que el desgaste de la fórmula trágica se había hecho presente, que el mismo espíritu de Los olvidados reaparecía, una vez más. Esperaba otra cosa, para ser francos. Esperaba que la exigencia mayor del arte, la originalidad, fuera central para los elogios que había oído. Y lo que vi fue la misma fórmula trágica, con un contexto ligeramente diferente, ahora con mujeres adolescentes, pero siguiendo el mismo esquema fundamental: historia densa, barrio bajo, desenlace fatal. ¿Es que el cine mexicano no encuentra otras formas, otros relatos, temas de género más diverso, otras propuestas? Sentí que el gran prestigio de Los olvidados pesa demasiado en los cineastas mexicanos. La originalidad de Amores perros, sustentada en la forma, la mezcla de historias, el ritmo, la sonorización y los recursos visuales, que la alejan de la clásica fórmula trágica y explican su gran nivel, aquí no aparecían. Era sólo tragedia clásica. ¿Por qué? Quizá porque también la crítica y los espectadores cargan con Los olvidados sobre los hombros, es lo considerado profundo, logrado, importante. Quizá porque eso es lo que explica que fuera la película seleccionada, y no Y tu mamá también, porque en México, productor de comediantes como Tin-Tán y Cantinflas, de fama mundial, las películas de éstos no cuentan para la crítica a la hora de hablar de cine trascendente, cine-arte. Y algo muy parecido, aunque con sus diferencias, pasa con la música, la literatura, la fotografía, el arte en México. Quizá porque es la tragedia el rasgo distintivo de los mexicanos, y no la soledad o la melancolía. Matices cercanos, pero diferentes. Quizá porque el verdadero rasgo nacional es el disfrute de la tragedia, más que la tragedia misma, lo que nos acercaría más a los rusos que a los franceses, y no al revés, como siempre se ha creído, sobre todo al hablar de arte. Y quizá Y tu mamá también triunfó en el extranjero y no Perfume de violetas, porque, al ser la tragedia o el disfrute de la tragedia lo que nos caracteriza, y no la soledad, no somos todavía contemporáneos de todos los hombres.

miércoles, 22 de marzo de 2006

CRÍTICA Y OPINÓLOGOS

¿En qué momento los antiguos críticos de espectáculos fueron substituidos por los opinólogos de farándula? En realidad hace mucho y hace poco. Mucho, porque los opinantes que se centran en el mundillo del llamado show bussines existen hace años, en algunos países antes que en otros. En México surgieron ya con programas dedicados exclusivamente a dicho tema —antes aparecían en pequeños espacios dentro de los noticiarios, con perfil más informativo que analítico— hace unos diez, doce años. En Chile al parecer, dado que su farándula es más reducida y con menor mercado internacional, no son tan antiguos; datarán de cinco o seis años, a lo más. Pero en otro sentido, existen hace poco, porque el término opinólogo —bastante fallido— surge sólo recientemente, a raíz de un programa televisivo chileno, de concursos y charla, en el que tres personajes, dos periodistas y una ex-actriz, si mal no recuerdo, tenían que opinar sobre el desempeño de los invitados o concursantes. Ahí fueron bautizados. Dicho experimento duró sólo esa emisión, dadas las críticas recibidas por opinantes de otros programas (que a partir de ahí fueron llamados opinólogos también, paradójicamente), y la molestia de los mismos invitados ante las distintas calificaciones. Desde entonces, todo aquel que opinara en algún programa de farándula recibió el título de opinólogo, incluidos los más antiguos, los que alcanzaron a llamarse críticos de espectáculos. Todo esto aplica sólo en Chile, el término todavía no ha sido exportado a México, aunque todo lo aquí escrito funciona para personajes mexicanos como Paty Chapoy, Juan José Origel, Aurora Valle, Maxine Woodside o Daniel Bisogno.
Ahora bien, ¿qué es realmente un opinólogo? Justamente ahí está el problema. Los antiguos críticos de espectáculos, salvo raras excepciones, eran periodistas titulados, que se habían enfilado por la vía del seguimiento de carreras (más que de anécdotas de la vida privada, como ahora) de actores, cantantes comerciales, conductores, animadores, productores, etc. Es decir, cumplían con esa exigencia: ser periodistas (ejemplo: Ítalo Passalacqua). Pero desde la aparición de los opinólogos, los requisitos para serlo han ido en franca mengua. Primero fueron habilitados locutores radiales, sin título de periodistas (ejemplo: el Chico Pérez). Luego, antiguos miembros de la misma farándula, ya con la carrera malograda, por fracaso o simple decadencia (ejemplo de lo primero, la ex-actriz Francisca García Huidobro, y de lo segundo, la ex-cantante ultraderechista Patricia Maldonado). Después disminuyó el requisito: bastaba tener pechos operados y carecer de filtro mental al opinar (Pamela Díaz), o haber salido de un reality show (Gonzalo Egas, Janis Pope). La exigencia ha llegado al mínimo posible: basta simplemente hacerle al payaso, ser pretendidamente gracioso (Felipe Avello), sin tener ninguna otra profesión o labor conocida.
Pero, ¿es ese el único problema de los opinólogos, el detrimento de sus méritos periodísticos? En realidad no. Ya los opinólogos que sí son periodistas muestran el origen del defecto. ¿Qué es, finalmente, un periodista? Quizá les moleste reconocerlo, pero un periodista sólo es un experto en formatos, y nada más. No en contenido. Es decir, sabe (al menos en teoría debería saber) cómo se realiza una entrevista, cómo se redacta un reportaje, etc. Pero el contenido, la profundidad e inteligencia de lo que informa no son su especialidad. Y no lo son porque eso no puede enseñarse en una facultad; eso depende del talento, la cultura y la formación integral de cada sujeto. ¿Qué decir entonces de los opinólogos que ni siquiera saben manejar formatos? Y más aún: los que sí son periodistas serán expertos en formatos, pero no en las materias que pretenden juzgar.
El verdadero problema de los opinólogos es que no hacen crítica, porque la crítica necesita, forzosamente, de dos pasos previos. Primero: una formación teórica sobre el tema a criticar. Es lamentable ver a un opinólogo criticar la calidad de un músico o actor, por ejemplo, sin tener el menor conocimiento o estudio de música o actuación. Y es justo lo que hacen todos los días, porque los que sí dominan ciertas ramas del espectáculo no se limitan a opinar sobre ellas, opinan de todo, incluyendo lo que desconocen. ¿Se imaginan que un sujeto que no estudió medicina, entrara en una sala de operaciones y le dijera al médico “no, doctor, para mí que hace mal en cortar ahí, no estoy de acuerdo, me parece que se equivoca”? Parecería ridículo. Pero lo ridículo es que el opinólogo hace exactamente eso, y la gente no se percata de que es lo mismo. Lo hace en temas sin ninguna trascendencia, pero la actitud responde al mismo modelo.
El segundo paso indispensable, previo a la crítica, es el análisis. Ya con los conocimientos teóricos necesarios sobre una materia, procede entonces la disección de los elementos que expliquen los aciertos o errores del criticado, para valorar el real nivel de su desempeño escénico, interpretativo, etc. Es decir, sólo tras ese análisis puede hacerse la crítica. Pero sin los conocimientos teóricos fundamentales, ¿de qué elemento puede asirse quien busca un análisis? Imposible.
¿Propongo, entonces, la extinción de los opinólogos? No, ninguna vuelta a las limitaciones de la libertad de expresión sería buena. Pero sí quiero resaltar que una opinión de opinólogo tiene un valor bajísimo o nulo, el mismo mínimo valor del ignorante en un tema, y al que no por ello debe acallarse. Es la opinión de un cualquiera, y tomar esta afirmación como ofensiva sería creer peyorativo ser como cualquier otro, minimizar a ese otro. Lo que quiero decir es que la opinión de un opinólogo no tiene más importancia que la de cualquier taxista, vecino, obrero u empleado público sin relación con la farándula. Así, el problema con los opinólogos no es la agresividad de sus afirmaciones, la saña y el veneno, seguidos de juicios morales (en insólita contradicción). Eso es lo de menos. Lo malo del fenómeno de los opinólogos es, por un lado, la inconsciencia de su bajo nivel, que provoca la soberbia con que se creen autorizados para calificar o descalificar, y por otro, el pésimo manejo de los medios de comunicación masiva, que abren los costosísimos y necesarios espacios a personas sin la preparación debida, sin la autoridad del conocimiento, la que los diferencie del resto y justifique que sean ellos los que acceden a dichos espacios y no otros. Todo esto sólo provoca mala información, malos medios, malos espectadores y, finalmente, mala sociedad, carente de críticos, crítica y autocrítica.

lunes, 20 de marzo de 2006

DESLINDE...

Soy licenciado en Letras Hispánicas, escritor y músico de rock progresivo. Soy mexicano, pero resido en Chile desde hace casi 3 años. Simplemente soy latinoamericano. Es decir, vivo en el tercer mundo. Es decir, he crecido en territorios donde no existe una cultura de la crítica. Y ni en mi país de origen ni en el que ahora radico hay diferencia en esa condición: quien te critica, automáticamente se enmascara de enemigo.
¿Para qué una columna (no la llamaré blog: aún me incomoda) de crítica entonces? Para descontaminarme del medio, desde la mínima distancia que se puede tomar, en busca de una objetividad —sabiéndolo de antemano— inalcanzable. Y sobre todo, para descansar la mente y salirme por algunos momentos del desgaste que provoca la escritura de ficción, y ejercitar así un género poco explorado por mí anteriormente. Y eso es todo.
¿Por qué el título, La lámpara de Diógenes? Por aquella anécdota del filósofo cínico, enemigo de fórmulas, convencionalismos sociales y máscaras: Diógenes, quien, tras recorrer con una lámpara el pueblo, y ante la pregunta "¿qué buscas, Diógenes?", respondió: "busco un hombre". Es decir, busco al hombre, y a la mujer: busco al verdadero ser humano, al auténtico. No al del discurso oficial, al del lugar común y la calculadora tatuada en la mano. Diógenes rompió, finalmente, su lámpara: era inútil. Pero esta columna busca (quizá también inútilmente, no importa) eso: al verdadero ser humano, pero en su totalidad, con sus zonas oscuras, negadas, para, igual que Diógenes, arrancar las máscaras, aquí a través del análisis y la crítica.
Mis temas serán la cultura, el arte, la política, los medios y la sociedad de México y Chile. Seguramente muchas líneas se moverán entre ambas realidades. En una de esas, sale algo de crítica comparada. Tengo claro que el ciberespacio no se diferencia del mundo detrás de la pantalla. He leído pleitos, descalificaciones, insultos, jugueteos por ser el más "ingenioso". Ninguna diferencia con cualquier oficina, barrio o vecindad, por ejemplo. Parte de la ausencia de una cultura de la crítica es la visceralidad antes que el argumento, la agresión antes que la autocrítica. El ego antes que la idea. Por eso, y pese a que alguien lo pueda tomar a mal, me tomaré en serio esta columna, pero todo lo demás no.
Hecho este deslinde (como diría Alfonso Reyes), que alumbre, pues, La lámpara de Diógenes...