¿En qué momento los antiguos críticos de espectáculos fueron substituidos por los opinólogos de farándula? En realidad hace mucho y hace poco. Mucho, porque los opinantes que se centran en el mundillo del llamado show bussines existen hace años, en algunos países antes que en otros. En México surgieron ya con programas dedicados exclusivamente a dicho tema —antes aparecían en pequeños espacios dentro de los noticiarios, con perfil más informativo que analítico— hace unos diez, doce años. En Chile al parecer, dado que su farándula es más reducida y con menor mercado internacional, no son tan antiguos; datarán de cinco o seis años, a lo más. Pero en otro sentido, existen hace poco, porque el término opinólogo —bastante fallido— surge sólo recientemente, a raíz de un programa televisivo chileno, de concursos y charla, en el que tres personajes, dos periodistas y una ex-actriz, si mal no recuerdo, tenían que opinar sobre el desempeño de los invitados o concursantes. Ahí fueron bautizados. Dicho experimento duró sólo esa emisión, dadas las críticas recibidas por opinantes de otros programas (que a partir de ahí fueron llamados opinólogos también, paradójicamente), y la molestia de los mismos invitados ante las distintas calificaciones. Desde entonces, todo aquel que opinara en algún programa de farándula recibió el título de opinólogo, incluidos los más antiguos, los que alcanzaron a llamarse críticos de espectáculos. Todo esto aplica sólo en Chile, el término todavía no ha sido exportado a México, aunque todo lo aquí escrito funciona para personajes mexicanos como Paty Chapoy, Juan José Origel, Aurora Valle, Maxine Woodside o Daniel Bisogno.
Ahora bien, ¿qué es realmente un opinólogo? Justamente ahí está el problema. Los antiguos críticos de espectáculos, salvo raras excepciones, eran periodistas titulados, que se habían enfilado por la vía del seguimiento de carreras (más que de anécdotas de la vida privada, como ahora) de actores, cantantes comerciales, conductores, animadores, productores, etc. Es decir, cumplían con esa exigencia: ser periodistas (ejemplo: Ítalo Passalacqua). Pero desde la aparición de los opinólogos, los requisitos para serlo han ido en franca mengua. Primero fueron habilitados locutores radiales, sin título de periodistas (ejemplo: el Chico Pérez). Luego, antiguos miembros de la misma farándula, ya con la carrera malograda, por fracaso o simple decadencia (ejemplo de lo primero, la ex-actriz Francisca García Huidobro, y de lo segundo, la ex-cantante ultraderechista Patricia Maldonado). Después disminuyó el requisito: bastaba tener pechos operados y carecer de filtro mental al opinar (Pamela Díaz), o haber salido de un reality show (Gonzalo Egas, Janis Pope). La exigencia ha llegado al mínimo posible: basta simplemente hacerle al payaso, ser pretendidamente gracioso (Felipe Avello), sin tener ninguna otra profesión o labor conocida.
Pero, ¿es ese el único problema de los opinólogos, el detrimento de sus méritos periodísticos? En realidad no. Ya los opinólogos que sí son periodistas muestran el origen del defecto. ¿Qué es, finalmente, un periodista? Quizá les moleste reconocerlo, pero un periodista sólo es un experto en formatos, y nada más. No en contenido. Es decir, sabe (al menos en teoría debería saber) cómo se realiza una entrevista, cómo se redacta un reportaje, etc. Pero el contenido, la profundidad e inteligencia de lo que informa no son su especialidad. Y no lo son porque eso no puede enseñarse en una facultad; eso depende del talento, la cultura y la formación integral de cada sujeto. ¿Qué decir entonces de los opinólogos que ni siquiera saben manejar formatos? Y más aún: los que sí son periodistas serán expertos en formatos, pero no en las materias que pretenden juzgar.
El verdadero problema de los opinólogos es que no hacen crítica, porque la crítica necesita, forzosamente, de dos pasos previos. Primero: una formación teórica sobre el tema a criticar. Es lamentable ver a un opinólogo criticar la calidad de un músico o actor, por ejemplo, sin tener el menor conocimiento o estudio de música o actuación. Y es justo lo que hacen todos los días, porque los que sí dominan ciertas ramas del espectáculo no se limitan a opinar sobre ellas, opinan de todo, incluyendo lo que desconocen. ¿Se imaginan que un sujeto que no estudió medicina, entrara en una sala de operaciones y le dijera al médico “no, doctor, para mí que hace mal en cortar ahí, no estoy de acuerdo, me parece que se equivoca”? Parecería ridículo. Pero lo ridículo es que el opinólogo hace exactamente eso, y la gente no se percata de que es lo mismo. Lo hace en temas sin ninguna trascendencia, pero la actitud responde al mismo modelo.
El segundo paso indispensable, previo a la crítica, es el análisis. Ya con los conocimientos teóricos necesarios sobre una materia, procede entonces la disección de los elementos que expliquen los aciertos o errores del criticado, para valorar el real nivel de su desempeño escénico, interpretativo, etc. Es decir, sólo tras ese análisis puede hacerse la crítica. Pero sin los conocimientos teóricos fundamentales, ¿de qué elemento puede asirse quien busca un análisis? Imposible.
¿Propongo, entonces, la extinción de los opinólogos? No, ninguna vuelta a las limitaciones de la libertad de expresión sería buena. Pero sí quiero resaltar que una opinión de opinólogo tiene un valor bajísimo o nulo, el mismo mínimo valor del ignorante en un tema, y al que no por ello debe acallarse. Es la opinión de un cualquiera, y tomar esta afirmación como ofensiva sería creer peyorativo ser como cualquier otro, minimizar a ese otro. Lo que quiero decir es que la opinión de un opinólogo no tiene más importancia que la de cualquier taxista, vecino, obrero u empleado público sin relación con la farándula. Así, el problema con los opinólogos no es la agresividad de sus afirmaciones, la saña y el veneno, seguidos de juicios morales (en insólita contradicción). Eso es lo de menos. Lo malo del fenómeno de los opinólogos es, por un lado, la inconsciencia de su bajo nivel, que provoca la soberbia con que se creen autorizados para calificar o descalificar, y por otro, el pésimo manejo de los medios de comunicación masiva, que abren los costosísimos y necesarios espacios a personas sin la preparación debida, sin la autoridad del conocimiento, la que los diferencie del resto y justifique que sean ellos los que acceden a dichos espacios y no otros. Todo esto sólo provoca mala información, malos medios, malos espectadores y, finalmente, mala sociedad, carente de críticos, crítica y autocrítica.
2 comentarios:
Buenas tardes, amigo lamparero.
Me agradó este post de los opinólogos, pero en particular una afirmación que hiciste con respecto a los periodistas, calificándolos de expertos en formatos. Yo soy periodista, y debo coincidir contigo.
Por lo menos el periodista raso cumple con este cometido, por ello, aquel que desee destarcarse y ser excepcional debe capacitarse muy bien, en muchos conocimientos y en valores que le permitan discernir lo correcto.
Para serte sincero, estaba viendo si mi blog, que casualmente se llama como el tuyo, ya sale registrado en Google, pero fue un agrado leer tu blog. Si acaso estás interesado, la dirección del mío es la siguiente:
http://lamparadiogenes.wordpress.com
Un saludo.
Amigo Bloguista:
Y eso que no ha tenido la terrible oportunidad de ver dos programas que hacen aquí en Colombia: "Sweet" y "El Lavadero".
Tienen altísima audiencia pero se dedican a publicar las más mínimas novedades de la vida privada de los faranduleros. Es puro opio para los de esquemas mentales llanos.
Un saludo.
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